Relatos Muertos

LAS MANOS

Se despertó debido a un gran dolor que le subía desde las manos.

Miró, primero un poco mareado y después fue viendo con claridad la situación en la que se encontraba. Sus dos manos estaban colocadas sobre una mesa de madera, sencilla, sucia y vieja en una habitación simple y sin más muebles. Salvo por una garrafa de agua con una pajita que llegaba hasta el fondo del recipiente de plástico, colocada delante de él. Estaba sentado en una silla de las mismas características. Intentó moverse y lo consiguió, pero sus manos no le acompañaron, se quedaron donde estaban. Observó más detenidamente y el horror se apoderó de él. Tenía en sus falanges y en el dorso pequeños puntos negros, no era capaz de contarlos. Volvió tirar con fuerza y volvió a sentir un gran dolor. Se puso en lo peor. Despacio bajó para mirar por debajo de la mesa, mientras descendía oía un sonido muy leve, un pequeño goteo, como si diminutas e incesantes gotas cayeran por una inercia eterna en el mismo punto. Sus ojos se abrieron al máximo al ver dos charcos de sangre, siguió bajando pero ahora un poco más rápido y obviando el dolor que venía de sus manos. Cuando llegó a estar completamente agachado se quedó mirando su reflejo en la sangre, siguió con la mirada el recorrido que hacían las gotas al caer y tan solo vio una multitud de puntas rojizas, extrañado colocó su cara a una altura en la que pudiera ver los dos lados de la mesa y un chillido llenó la habitación. El final de sus brazos estaba clavado con saña a la mesa y no podía hacer nada para arrancar esas puntas que le atravesaban, rompían y rasgaban cada centímetro de su anatomía. Intentó mover los dedos y aunque no vio como lo hacían sí que lo sintió, como un cosquilleo atroz que le recorría los brazos hasta llegar a su cerebro y salir escupido por su boca en un grito atroz de desesperación. El sudor se mezclaba con las lágrimas en el rostro del joven que en su particular pesadilla no sabía qué hacer ni veía solución ninguna a lo que estaba viviendo. Bebía agua de forma nerviosa y torpe, lo último que deseaba era mover la garrafa, ya que si la sepárese aunque solo fuera unos centímetros la perdería para siempre aun teniéndola delante.

El dolor no le dejaba descansar y cada movimiento involuntario que realizaba con sus brazos le recordaba su actual situación. Al principio no lo oyó pero ahora y después de las horas que llevaba encerrado no podía dejar de oír como su propia sangre chocaba contra el suelo y los charcos ya creados, el incesante goteo le estaba volviendo loco, la rabia se estaba apoderando de él que no hacía más que sufrir sin saber el motivo. Quería romper algo, dejar escapar el odio que se estaba apoderando de su ser, de su interior, pero no podía, ya que las malditas puntas se lo impedían. El tener las manos trabadas y sin capacidad de acción era algo que le sacaba de sus cabales, cada ciertos minutos gritaba, insultaba y maldecía a quien fuera que le hubiera hecho esto. Una idea cruzó su mente, algo fugaz y alocado que debería funcionar, bebió agua para coger fuerzas y prepararse para lo que estaba a punto de hacer. Al igual que un animal atrapado en una trampa de caza, comenzó a morder su brazo derecho a la altura del bíceps, al principio no podía creerse lo que estaba haciendo, las primeras dentelladas solo le dolieron, pero cuando vio una salida real de su situación en su acto caníbal continuo sin miedo ni remordimiento. Rompió su piel dejando que la sangre le bañara la cara por completo y resbalase por su boca, tiñendo sus dientes de un color carmesí hermoso. Le costó poco llegar hasta el musculo que opuso menos resistencia a los mordiscos. Aplastó bajo sus fauces los ligamentos y tendones con una fuerza abrumadora otorgada por la desesperación y las ansias de vivir. A la vez que mordía, gritaba pero el sonido se quedaba dentro de la boca acompañado de su carne. Notó el húmero en sus paletos y una duda asoló su pensamiento, sabía que no había marcha atrás, pero si seguía perdería el brazo, que quedaría clavado para siempre a la mesa. Frunció el ceño en señal de enfado y apretó con la mayor fuerza que pudo. Pronto el hueso cedió a la presión y se astilló antes de partirse junto con varios de sus dientes. La sensación de varias astillas clavándose en sus encías le hizo separar la cabeza del brazo y gritar mientras unas lágrimas enormes rodeaban su cara. Para acabar de separar su brazo lo que hizo fue realizar varios movientes circulares mientras su cuerpo sufría y emitía ruidos extraños de resquebrajamiento. Se desplazó un poco hacia atrás al romperse la unión, pero las puntas de la mano izquierda evitaron que se desplomara, tanto por el movimiento como por el dolor. Miró el brazo que quedaba ligado a la madera, intentó en primer lugar darle golpes con el muñón, ya que el hueso sobresalía de forma puntiaguda, pero era inútil ya que no llegaba. Tuvo que repetir el proceso, aunque esta vez le costó más ya que con varios de sus dientes mellados la fuerza de mordida era inferior.

No supo cuánto tiempo tardó en acabar, pero al hacerlo bebió toda el agua que pudo para limpiarse la boca de sangre y escupir los pequeños trozos de su carne que le quedaban entre los dientes y por dentro de la boca. Esbozó una ligera sonrisa de victoria aunque el dolor era increíble y le costaba dar tres pasos seguidos sin que se le fuera la cabeza. Llegó hasta la puerta en una pose triunfal, miró el pomo redondo y antiguo.

—¡¿Cómo cojones se supone que voy a abrir esta puta puerta?!—dijo mientras su vista se dirigía hacia la mesa.


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EL SUEÑO


Las pesadillas cada vez son más fuertes y constantes.
Siempre veo lo mismo, una figura espeluznante que me observa sin apenas moverse y yo aunque intento no avanzar mi cuerpo no responde, como si estuviera movido por alguna clase de embrujo o atracción. Siempre me despierto cuando estoy a menos de un metro del «Ser» que me espera, empapado en sudor, con extraños cortes cauterizados, pero con las sabanas manchadas de sangre seca.
Intento no dormir para evitar volver a ese raro mundo compuesto por un pasillo recto, negro, sin puertas, ventanas o cualquier tipo de construcción humana reconocible, salvo el lujoso sillón sobre el que se sienta esa figura.
He vuelto allí, el cansancio me venció, esta vez puede ver mejor y reconocer facciones de aquel que me espera sentado, con un cuerpo hermoso, de corte griego clásico, desnudo y con un tono de piel cobrizo. Su cara muestra una enorme belleza, rasgos fuertes y masculinos. Unos ojos marrones profundos en los que te pierdes al mirarlos, notando como un abismo se apodera de ti y de tu alma. De los laterales de su cabeza dos cuernos enormes, encarnados y retorcidos, de varios centímetros de altura. Sus manos están sobre los apoyabrazos del sillón, que golpea musicalmente con los dedos mientras espera que me acerque a él. Me desperté justo antes de que empezara a hablarme.
Necesito volver a ese mundo onírico, no quiero rehuirlo, pero por desgracia no soy capaz de dormir y eso que llevo varios días despierto, tumbado sobre la cama, sin comer ni beber, dejando que mi cuerpo sea consumido por la necesidad de volver allí y del cansancio de no tener alimento, pero soy incapaz de conciliar el sueño. Pestañeo de forma lenta y pausada, veo como poco a poco mi habitación se va tornando hacia ese pasillo que deseo, mi felicidad hace que camine rápido hacia aquel a quien quiero ver, vuelvo a congratularme de su visión y me siento orgulloso de oír su voz por fin.
Despierto con energías renovadas mientras repito de manera continuada la frase que me dijo.
—Yo soy el Diablo y tú estás aquí para realizar mi trabajo


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MIRADAS



Su intensa mirada de color azul fue mi perdición.
En sus ojos podía ver mi alma, mis fortalezas, mis debilidades y mi oscuridad. Cada segundo que me perdía en sus pupilas era una eternidad en un laberinto sin salida en la desesperación. Puede que en un principio me gustase esa sensación de conocerme, pero cuanto más indagaba en mi interior, cuanto más lograba ver más miedo sentía. Siempre supe que tenía una parte extraña, pero mientras estuviese oculta no tendría poder para dominarme y convertirme en el monstruo que tanto me gusta ser ahora.
Lo que al principio eran sueños hermosos en los que esa mirada aparecía, no tardaron en tornarse terribles pesadillas en las cuales los ojos pasaron de mirarme con cierto cariño y amor a juzgarme por cada acto cometido, como si todo lo que hiciera tuviera un doble sentido o una parte de maldad que solo veían ellos y yo era incapaz de entender, que cada acción que hiciese por muy desinteresada que fuera no era sino algo para mi propia vanagloria, egoísmo y egocentrismo monstruoso. Lo peor era que no tenía opción de escapa de su mirar aplastante y odioso.

Salvo… Un espejo y un picahielos.

Durante un tiempo dude, no podía dejar de mirar mi iris azul mientras sostenía con fuerza la herramienta que me sacaría de este horror. Poco a poco fui alzando la mano hasta que solo veía la punta y como se acercaba de forma lenta y temblorosa. El primer contacto fue muy doloroso y punzante. Apreté los dientes y evité que salieran los gritos, el metal continuo su camino abriendo una herida en el globo ocular, la sangre resbaló generosa por mi cara. Seguí empujando hasta hacer tope con el mango y perder la visión de ese lado. Estaba a medio camino de acabar con ese asqueroso juez que no me dejaba vivir. Al sacar el picahielos noté como el ojo acompañaba el movimiento y sentí que quería salirse de la cuenca, la salida dolió más que la entrada, tuve a que usar las dos manos para sacarlo. Ahora si grité. Repetí el proceso otra vez y mi mundo se volvió penumbras y carente de luz, pero tenía lo que más ansiaba, libertad.


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LA PAREJA


La violencia fue siempre nuestro modo de vida.
Para nosotros no había mejor modo de demostrar amor, tanto hacia las demás personas como en la intimidad. Al principio no teníamos límites y cualquier perversión nos parecía poca e insuficiente. Algo cambió en nosotros el día que la conocimos, para nosotros sería nuestra víctima número veintiocho y nada la hacía especial. El secuestro fue fácil y rápido, capucha y furgoneta negra, varios golpes para dejarla inconsciente y esperar a que empezara la diversión.
Primero: gritos de ayuda, ver la desesperación en sus ojos.
Segundo: suplicas y promesas de sumisión, lágrimas en sus ojos.
Tercero: aceptación de su fin cercano, ojos mirando el vacío.
Las laceraciones se intercalaban con diversos juegos explícitos sexuales, tanto de él como míos. Ella intentaba esconder sus orgasmos con incesantes gritos, pero en el fondo algo me decía que disfrutaba, aunque no tanto como nosotros.
La dejamos sola varios días, pasando hambre para que estuviera débil y poder comenzar con la parte sangrienta de nuestro juego, pero algo había cambiado en la mirada de esa chica rubia, incluso atada como estaba su mirada mostraba valentía y era desafiante, me acerqué juguetona con el cuchillo en la mano, haciendo que se viera bien. Pero esos ojos marrones se estaban clavando en los míos, sin saber muy bien por qué retrocedí dos pasos, al sentir el mango del cuchillo en la mano volví a encauzar mi camino y empezar con la carnicería antes de que llegase Alejandro para darle una sorpresa. Hice que mis labios rozaran la oreja de la víctima y antes de susurrarle que iba a morir noté una incisiones en el cuello, la muy asquerosa me había mordido y apretaba con fuerzas, sentí como mi piel y la yugular se rompían, caí al suelo en una posición vergonzosa mientras veía entrar a mi novio, sonriente desató a la rubia, le besó en la boca con pasión y la dejó libre.
Mi ser desapareció poco a poco y en tristeza hacia una oscuridad de soledad por esta nefasta traición.
Siete meses después de aquél día imborrable le envió un telegrama.
«Alejandro, vivo en Holanda, trabajo en un local donde exponen sus obras todo tipo de artistas noveles. Estoy aprendiendo mucho y soy feliz.»


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EL ACTO


Las lágrimas resbalan por su cara y se mezclaban con las gotas de sangre que caían de sus manos.
Llevaba más de una hora sentado en el suelo, apoyado contra una pared y feliz. Tras todos estos años de cobardía y sumisión por fin había podido reaccionar contra esa persona. Puede que el resultado final estuviera muy por encima de todo el daño recibido, pero no pudo controlarse.
La mezcla de sentimientos dentro de él era abrumadora y cambiante, tristeza, rabia, odio, felicidad… Decidió quedarse con este último, le parecía el más adecuado para lo que estaba por venir. Miró una vez más el cadáver machacado por sus golpes, aún le ardían los nudillos, lo recorrió de pies a cabeza fijándose en toda la destrucción que había conseguido, los huesos craneales estaban hundidos y estallados de dentro hacia afuera, los ojos casi parecían salirse de las cuencas y muchos dientes rotos sobresalían por encima de los labios cortados y abiertos. La carne se fundía con la sangre y el suelo.
El joven observó ahora sus manos magulladas y temblorosas, no le parecían las suyas, es como si fueran de otro ser violento y lleno de poder, intentó moverlas y lo consiguió, un gran alivio se apoderó de él al ver que seguía siendo el dueño de sus propias manos.
Su cerebro dibujó recuerdos de todo lo que había pasado hasta llegar a esta solución, cada palabra mal sonante y cada humillación, ahora entre lágrimas se abría una nueva luz llena de esperanza y felicidad que aceptaría con una gran sonrisa y un corazón henchido de esperanza, aunque fuera entre paredes grises y barrotes negros.


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EL CAMINANTE

El joven salió desde el fondo del averno, decepcionado, hambriento y sediento.
Ante él se abría la nada en toda su inmensidad, notaba la nieve fría bajo sus pies desnudos y sentía los copos deshacerse a cada pisada que daba. Caminó durante horas antes de llegar a una ciudad plagada de edificios altos cubiertos con un manto blanco. Las calles estaban vacías y la noche se abría paso a la vez que la niebla bajaba y engullía cada calle y resquicio de la población.
El hambre y la sed se hicieron más fuertes y necesarios para poder seguir caminando, sentía pinchazos de dolor en su estómago y como le flaqueaban las fuerzas en sus extremidades, dar cada paso le costaba mucho y lo hacía de manera lenta y débil. Cayó al suelo golpeándose contra la nieve lo que amortiguo su caída en cierta medida. El frio recorría todo su cuerpo desnudo haciéndole temblar en el sitio y que se encogiera hasta una posición fetal.
Subió sus manos temblorosas a la altura de su boca, casi de manera instintiva y automática para echarles el aliento y así calentarlas un mínimo para frotarse el cuerpo y entrar en calor para seguir avanzando. Como así no consiguió entrar en calor, decidió meterse los dedos en la boca y calentarlos con la saliva y la lengua, pero descubrió un gran placer. Le gustaba sentir sus dedos dentro de esa cavidad, tocando cada diente, la lengua y el paladar, no le importaban los labios. La información que recogía la lengua cada vez que rozaba uno de esos dedos era increíble. Una idea pasó por su cabeza, podría alimentarse de sí mismo para continuar con su camino. Intentó cerrar la boca pero con tantos dedos dentro no pudo, quitó las manos y solo dejo el índice de su mano derecha mientras se sujetaba ese brazo con la otra mano. Cerró la boca muy despacio y sintió como los dientes ejercían presión en la piel hasta romperla, la sangre formó un anillo casi a la altura del nudillo, como con la fuerza hacia abajo no era ya capaz de seguir cortando el dedo, comenzó a desplazar los dientes hacia los lados mientras se mantenían pegados a los músculos digitales, que no opusieron mucha resistencia y se partieron con facilidad, el hueso tuvo que romperlo usando sus muelas para ejercer más fuerza. El dedo se despegó de la mano mientras succionaba la sangre caliente que salía de la herida, masticó el dedo hasta destrozarlo para que fuera más fácil tragárselo. Se oían pequeños chasquidos y como se rompían todos los componentes que lo formaban. Los trozos se deslizaron por la garganta con facilidad.
Lamió la herida sangrante que tenía en la mano y continuó con el dedo corazón, esta vez para que fuera más fácil comenzó por la uña, masticando hasta la primera pequeña articulación, con la técnica que había usado antes le fue fácil trocear su dedo corazón, esta vez los trocitos de hueso que metió en su boca le hicieron heridas en la boca, diminutos cortes por las encías y los carrillos. El siguiente dedo fue mucho más sencillo, tan solo devoraría la carne, sin partir los huesos. Comenzó a morder el dedo anular y mientras la sangre resbalaba por su boca caía contra la nieve gota a gota, creando imágenes dispares y evocadoras. El joven las miraba de reojo y en ellas veía el final de su camino y el principio. El color rojo era muy simbólico para él y le recordaba su lugar de origen y como consiguió salir de allí. En el infierno no había encontrado lo que estaba buscando, pero salir tampoco había sido una buena elección, ya que con este cuerpo tan frágil no llegaría a tiempo a su destino. Cuando terminó de devorar su mano derecha por completo, dejando solo el dedo pulgar intacto y algunas partes de la palma, buscó un objeto contundente, algo lo más parecido a un piedra, quitando la nieve vio un trozo de acera suelto, se puso de rodillas y dejó su comida en el suelo mientras que con la mano izquierda golpeaba con el trozo gris de suelo en la muñeca para romper los huesos y separar de su cuerpo esa parte ya inservible. Le costó 100 golpes terminar de partir cada musculo, tendón y ligamento. La sangre esta vez salió de manera generosa y aprovecho para beber toda la que pudo, ya que al salir caliente le reconfortaba por dentro y hacia que su cuerpo entumecido por el frío volviera a reaccionar, con su lengua chupaba y disfrutaba de cada milímetro de la herida. Cuando estuvo saciado dejó caer su brazo y miró al cielo, aunque la niebla lo tapaba todo y la oscuridad dominaba el momento él vio con toda claridad su objetivo allí arriba, tan solo tenía que encontrar como subir.
Siguió su camino marcando sus pasos con la sangre que caía del muñón.


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EL GUITARRISTA

(Basado en la historia de Robert Johnson)

Sus dedos comenzaron a sangrar.
La sangre manchaba el mástil y cada cuerda de la vieja guitarra, pero eso no le importaba ya que estaba embelesado en su propia música. Con cada nota recordaba pequeños fragmentos de su pasado. Los días de hambre y frío, viviendo en la calle, luchando por mantenerse con vida. Casi fue algo divino el que en su vida se cruzara la guitarra que ahora ya hacía un año que tocaba. De una manera como jamás se había oído, desgarradora, interior, sensual y casi diabólica. Podía tocar durante horas y la gente que le escuchaba no se cansaba, se movían y bailaban poseídos por sus acordes, cayendo desmayados, deshidratados, exhaustos y casi inertes.
Recordó los inicios en los que no sabía ni como agarrar a su compañera, un día mientras tocaba las cuerdas alguien le tiró una moneda y fue cuando decidió que aprendería a tocar. Aunque siempre fue y sigue siendo un hombre sin ritmo todo los días golpeaba las cuerdas con sus manos frías y huesudas sin conseguir nada. Mucha de la gente que le arrojaba monedas lo hacían para que dejase de tocar. Eso no le desanimaba, conseguiría tocar esa guitarra fuese como fuese y se convertiría en el mejor guitarrista del mundo.
Ahora ni le importaba llenar teatros, ni estadios como hacía, para él eso se había convertido en su día a día, dormir en hoteles caros y viajar en coches grandes acompañado de fulanas que antes ni le mirarían a la cara, ni le ayudarían aunque se muriese delante de ellas. No sabía ni el dinero que tenía y ni le importaba, en el pasado había llegado a vivir varios meses con un solo euro.
La sangre ya manchaba sus zapatos y la canción parecía no tener fin, sus dedos se deslizaban por las cuerdas creando un sonido de corte y estallando en un golpe al aire en las seis cuerdas y antes de que el sonido desapareciera continuó con la melodía de manera mucho más violenta y el público estalló.
Se recordó en el suelo a punto de morir de hambre abrazado a su guitarra, rezando y suplicando ayuda a Dios, sus palabras no fueron oídas en el cielo, pero alguien acudió a su llamada. Ante él se presentó un ser hermoso de un color cobre perfecto, su cuerpo desnudo era hermoso y masculino, con una belleza clásica y proporcionada, de su cabeza dos cuernos encarnados se peleaban con su larga melena negra por llamar la atención del moribundo. El ser movió su mano derecha y el vagabundo dejo de sentir dolor y hambre.
—Te concederé lo que más deseas en la vida, pero a cambio de tu alma.
—Solo quiero tocar esta guitarra, Señor.
—¿Tan solo eso? Fácil. Quiero que recuerdes que tú serás el mejor guitarrista de este mundo y del mundo que está por venir, pero que tu alma es mía.
—Gracias Señor, no le defraudaré.
—Deja de llamarme «señor» y llámame amigo.
El Demonio desapareció dejando el recuerdo de su maliciosa sonrisa acompañada de una música abrumadora que salía de la guitarra ante los atónitos ojos del vagabundo, no podía creerse que él estuviera haciendo eso, sus dedos se movían solos y no tenía que pensar en lo movimientos que tenía que hacer.
Pronto empezó a tocar en las plazas más concurridas y ante él se formaban tumultos increíbles, la gente le grababa con los móviles, varios periodistas musicales le hicieron reportajes en revistas famosas. Se convirtió en un auténtico ídolo y siempre se negó a grabar discos. Incluso ahora que era el músico más famoso del mundo la única manera de escucharle era ir a sus conciertos o buscar sus vídeos en Internet.
Abrió los ojos cuando terminó de tocar la canción, se vio rodeado de cuerpos inertes, el estadio estaba en completo silencio, salvo por el eco de sus notas y cuando desapareció se oyó un aplauso largo y continuo. La figura se iba acercando al escenario sin importarle pisar los cuerpos del suelo, pronto el músico reconoció la figura de su «amigo». No sabía que hacia él allí, le comenzaron a doler las manos y por primera vez vio los cortes en sus dedos y algo que le asustó, tenía las cuerdas rotas, el alargar tanto esa canción no había sido buena idea. El guitarrista comprendió entonces la visita de su «amigo». El trato había finalizado. El Demonio se acercó hasta él casi sorprendido de que no intentara huir o volver a negociar.
—Veo que tienes honor y palabra.
—Puede que ahora vaya bien vestido, pero los años de calle no se olvidan fácilmente.
—Entonces estás listo, ¿no echaras de menos todo esto?
—No, puede que mi alma sea tuya, pero mi música se quedara aquí para ellos y eso es lo único que me importa.
El Demonio sonrió a la vez que le dio unas palmadas en la espalda y los dos desaparecieron dejando tan solo una guitarra vieja encima del escenario.


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EL CAMINO

Caminaba por una senda tranquila, poco iluminada, de tierra y algo de vegetación en las cunetas.
El niño estaba solo y aunque el sol fuera desapareciendo lentamente no le importaba. El atardecer dio paso a una noche sin luna y sin estrellas. La negrura se tragó el camino, pero el niño siguió caminando, eso sí, un poco más despacio y desconfiando de los ruidos que empezaban a sonar a los lados del camino.
Tras una hora andando en la noche el niño se topó con un hombre, este hombre llevaba un abrigo negro y un sombrero a juego, de su mano embutida en un guante se descolgaba un farolillo. El hombre parecía estar allí sin motivo y al oír los pequeños pasos del niño se giró e iluminó asustado el cuerpecito del niño.
—Me has asustado niño.
Fue todo lo que dijo el hombre antes de acercarse a la pequeña figura con su luz. Le iluminó el cuerpo entero y vio que era un niño normal, con ropa normal y una cara familiar. Parecida a la de todos los ladronzuelos de la ciudad. Al hombre enseguida le golpeó la palabra «huérfano» en la cabeza. Sonrió por debajo del sombrero y sacó de su abrigo un pequeño mendrugo de pan que le ofreció al niño. El crio lo cogió y se lo guardó en un bolsillo del pantalón. El hombre no prestó mucha atención al gesto, él mejor que nadie sabía que había que guardar y racionar la comida.
El hombre se ofreció a acompañar al niño e iluminar su camino, además por algún motivo el hombre se sentía bien en compañía del niño.
La pareja caminó durante varias horas y mientras la noche se cerraba más y más el farolillo parecía iluminar mucho más el camino, como si creciera en resonancia con la oscuridad que le rodeaba. En el camino apareció un árbol caído que bloqueaba la senda, demasiado largo como para rodearlo y demasiado alto como para saltarlo. Los dos se detuvieron en seco y durante unos minutos observaron la majestuosidad del árbol. El hombre iluminaba cada centímetro del tronco, buscando huecos para poder trepar por el. No había nada. El adulto maldijo varias veces mientras el niño esperaba.
De pronto un fogonazo iluminó la noche, una luz blanca salió del suelo y a medida que ascendía se tornaba roja. La pareja observaba sin entender que estaba pasando. Del suelo emergieron unas manos que apoyaron sus dedos en el suelo e hicieron fuerza hacia abajo, como si quisieran levantar o elevar algo. Poco a poco la tierra fue dejando paso a un figura extraña, el hombre no daba crédito a lo que veían sus ojos y el niño simplemente observaba, paralizado por el miedo. El engendro que salió del suelo media unos dos metros de alto, tres cuernos coronaban su cabeza y tres ojos lo observaban todo. De su boca sobresalían dientes afilados y de su cuerpo de forma humana dos brazos que rozaban el suelo con los dedos. Sus piernas acaban en unas pezuñas negras y de su espalda sobresalían cuatro alas, separadas unas de otras, sin plumas, tan solo membrana y hueso. El color de todo su cuerpo era el negro con ciertos matices blancos brillantes. El monstruo sonrió y observó a la pareja que no podían moverse del pánico que sentían.
—Mi NoMbrE eS THAlomeT, DemONIo de LoS NeCIOS. Si DESeáis SAlir dE mIS DOMiniOS DeBeRÉIS ENTRegarme AlgO VALIoso PAra VosoTROS
El primero en reaccionar fue el hombre que rápidamente buscaba algo entre sus ropajes, al no encontrar nada recordó el trozo de pan que le regaló al niño, se acercó hasta él y le dio una patada tirándolo al suelo, se puso encima suyo para que no pudiera moverse y le registró buscando el trozo de pan. Al encontrarlo se lo ofreció enseguida al demonio.
—¿ReALmenTe PiENSas OfrEcERme un MendrUGO SECo pOR tU VIdA?
El hombre asintió muchas veces con la cabeza sin atreverse a hablar mientras seguía ofreciendo el pan duro.
Thalomet sonrió mostrando más dientes y con un movimiento de su brazo derecho el árbol desapareció del camino, el hombre miró al niño en el suelo, estaba llorando, se disculpó falsamente con una mirada y corrió hacia el camino ahora visible.
El niño se recompuso, se levantó despacio y miró al demonio.
—Yo te entrego mi vida, pues es lo único que tengo.
Thalomet sonrió de nuevo e hizo que el árbol desapareciera y antes de que el muchacho caminara hacia el camino le avisó.
—Un DÍA hAré Tu OFErta VáLIDa y exiGiRÉ Tu VIDa
El niño asintió sabiendo que no había marcha atrás. Caminó sin mirar atrás y viendo como el árbol volvía a aparecer una vez hubo pasado. El niño continuó su camino sin encontrarse con el hombre, a las pocas horas de caminar ante él apareció una ciudad, no muy grande pero si lo suficiente como para que alguien necesitase un aprendiz.
El hombre del abrigo y el sombrero negro continuó caminando por un camino eterno y oscuro iluminado tan solo por su farolillo.


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MÁS-CARAS

En la habitación sonaba una y otra vez la canción «Roots Bloody Roots» del grupo «Sepultura».
La chica solo podía ver el techo y no podía moverse de donde estaba tumbada. Brazos y piernas estirados y atados. Amordazada ya estaba cansada de llorar, sus ojos azules estaban irritados y secos, por sus mofletes sonrosados se veía las sombras de las lágrimas y del rímel corrido.
La atronadora canción volvió a sonar, ya era la quinta vez que lo hacía y la chica no entendía la letra, la voz era demasiado brutal para sus oídos acostumbrados a un sonido más comercial y «popero». La joven movió la cabeza a los lados buscando la puerta que había visto al entrar, estaba entreabierta y un poco de luz penetraba en la oscuridad en la que ella se encontraba. No podía creerse que su último ligue fuera un psicópata hijo de la gran puta.
Era un joven o más bien un adulto, parecía mayor, moreno, barba sexy de varios días, facciones masculinas y marcadas. Con una cara que mostraba bondad y unos ojos marrones profundos. Típico cuerpo de dos días de gimnasio al mes y ropa normal. No tenía ningún rasgo que pudiera avisar de su locura y peculiar fetiche.
El joven entró en la habitación abriendo la puerta con la espalda y sujetando una bandeja, al girarse la luz entró por la puerta completamente abierta y silueteó al psicópata.
Dejó la bandeja al lado de la cara de la chica y fue a encender la luz, la joven se sorprendió al verle como lo recordaba, la misma ropa y misma cara, seguía sin ver su trastorno, incluso ahora le gustaba un poco más ya que en su mente jugaba con la posibilidad de que todo fuera una broma y al final la dejase ir.
El joven subió el volumen de la canción, Max Cavalera volvió a rugir con el estribillo, el joven se movía violentamente intentando cantar la canción en un inglés inventado. Se acercó hasta la chica moviendo la cabeza arriba y abajo.
«¡Escucha el solo de guitara, zorra!» dijo el joven antes de darle un puñetazo en la boca a la chica y seguir bailando como un loco. Mientras la joven luchaba por no morir ahogada con la sangre y algunos dientes el chico agarró un objeto de la bandeja, una navaja de afeitar antigua e impoluta, brillante, preciosa...
«¡Te voy a arrancar tu puta cara, asquerosa de mierda!» Gritó el joven al oído de la chica que intentaba escapar sin lograrlo.
Le agarró del cuello para que la cara se mantuviera quieta y acercó la navaja hasta la frente y apretó la hoja, la sangre comenzó a salir y la chica a moverse más fuertemente, el joven se detuvo y le dio dos puñetazos en el estómago, «¡para, joder, qué me salgo de la línea!» Dicho esto siguió cortando con la navaja, descendió muy despacio desde la frente hasta la oreja derecha, pero dejándola por fuera del corte, llegó hasta el mentón y volvió a subir. Los gritos mudos de la joven eran tapados por la canción que se repetía una y otra vez.
El joven dejó la navaja manchada en la bandeja y observó ensimismado la piel de la cara, agarró un pliegue y comenzó a tirar muy despacio, levantando la piel para dejar al descubierto los músculos faciales, la mordaza le molestó y tuvo que quitarla, dando paso a un sonido que llevaba mucho tiempo tapado. Los alaridos de la chica rivalizaban con los del cantante brasileño. Al joven le dio igual y siguió hasta que no hubo piel en la cara.
Los músculos sangraban y se movían con cada grito, el chico se quedó mirándola y se acercó todo lo que pudo para ver bien de cerca cada ligamento. Sacó la lengua y la deslizó poco a poco por los músculos, saboreando. «Sosa» susurró, salió de la habitación y volvió enseguida con un botecito de sal. Saló la cara sin compasión y volvió a chuparla. Esta vez sonrió y lo último que pudo oír la joven fue.
«Ahora ya estoy listo para follarte».


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LOS TÚNELES

La oscuridad del túnel nos había dominado hacía ya dos horas, las linternas de los cascos dejaron de funcionar todas a la vez y los picos tan solo servían de peso muerto.
Ninguno de los cuatro nos atrevíamos a encender un cigarrillo y eso que era lo que necesitábamos. Al principio intentamos volver al ascensor que nos subiría a la superficie, pero nos perdimos. Casi media vida en estos túneles y todavía no los conocíamos, sentimos algo de vergüenza pero nos importaban más otras cosas. Solo quedaban dos litros de agua y el bocata de chorizo de Ramón. De cuando en cuando oía alguna blasfemia que salía de la boca de Pedro siempre acompañadas de las pisadas nerviosas de Marcos. Yo estaba apoyado contra la pared, sentado en el suelo y con los ojos cerrados, tatareando una canción que había oído esta mañana en la radio.
La verdad es que me sentía a gusto en los túneles, aquí todo era más fácil que en la superficie, tan solo tenía que seguir mi luz, picar y las veces que menos barrenar. En cambio fuera todo eran preocupaciones, el sueldo que o no llegaba o llegaba de menos, el divorcio, las riñas con mi hijo y las miradas de asco de mi hija al verme siempre sucio. Sin lugar a dudas aquí abajo soy más feliz y puede que esa felicidad sea la que me ha hecho infeliz en la superficie. Muchos de mis compañeros me preguntan por qué siempre bajo con una sonrisa o cantando alguna canción, como hoy. La verdad es que no sé el motivo de mi felicidad y de sentirme tan bien dentro de la oscuridad de los túneles. El primer día sentí algo de miedo al verme rodeado de ella, de la oscuridad, y seguía como un loco el pequeño haz de luz del casco, casi no acertaba con el pico a las paredes. Poco a poco fui acostumbrándome, lo primero fueron los ojos y cada día que bajaba el haz de luz era más grande, veía mejor, casi podía distinguir los tipos de piedra y sabía donde picar para seguir bien la beta, lo segundo fue el oído, escuchaba cada goteo, cada golpe de pico de mis compañeros, el agua subterránea que corría y descendía por las paredes. Todo eso me hacía sonreír y añorar cada noche la mañana siguiente para bajar al túnel. Incluso estando en la cama me parecía oír el agua, en casa siempre tenía las luces apagadas, ya que la luz me hacía daño en los ojos, después del divorcio me mudé a un piso más pequeño y oscuro. Empecé a hacer horas extras para estar más rato bajo tierra, rodeado de esta oscuridad amable que no me juzgaba ni me creaba problemas, tan solo me abrazaba para ayudarme a hacer mejor mi trabajo, ya ni me preocupaba del haz de luz del casco, caminaba despreocupado y mis pies encontraban el camino ellos solos, mi manos rozaban cada palmo de la pared del túnel.
Un ruido me sacó de mis pensamientos, había llegado el grupo de rescate y uno de ellos me miraba a la vez que me iluminaba con una linterna.
—Luis, muchacho, ¿cómo estás tan tranquilo, que pareces dormido?
—Porque estoy en mi casa.


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CARTA 50

A mí querida Lucy:
Te escribo estas líneas para contarte que Pet ha muerto. Murió ayer en un asalto alemán. Esos bastardos nos sorprendieron por la noche mientras descansábamos en las trincheras, no tuvimos tiempo de defendernos. Yo tuve suerte, pero a Ronald le tendrán que cortar una pierna. De los amigos que vinimos ya solo quedamos Ron y yo. Si te soy sincero dudo mucho que Ron acabe la semana, los médicos tienen más heridos de los que pueden tratar y no tienen casi medicinas, tengo miedo incluso de hacerme un rasguño.

Por ahora estamos cobijados en un pequeño pueblo que les arrebatamos a los nazis, los muy malnacidos se han llevado o destruido todo lo que podríamos utilizar. Creo que soy de los pocos que tiene alguna ración de sobra para comer y la cantimplora hasta la mitad. Pero lo peor de todo es la incertidumbre y la paranoia de que alguno me intente robar la comida y el agua. Ya ha habido algún caso y murió un chico, no recuerdo su nombre, pero fue atroz, el otro lo mató a golpes después de luchar como animales. Los nazis nos están volviendo unos contra otros.

He matado a uno de los nuestros. Mientras dormía intentó robarme el agua, ya no me queda comida y no podemos salir del pueblo, llevamos una semana aquí encerrados bajo fuego de morteros, creo que nos tendieron una trampa y nos hicieron entrar en este asqueroso lugar a propósito. Le clavé la bayoneta en el cuello y mientras su sangre me manchaba el brazo él seguía intentado llegar a la cantimplora, esto es una locura. A mi sargento no le importó, me dijo que durmiese con un ojo abierto.

Ron ha muerto y no me queda agua, dos semanas, llevamos dos semanas en este puto agujero, tenemos más bajas por asesinatos entre nosotros que por fuego enemigo. Tengo mucha sed y hambre.
Necesito alimentarme con lo que sea.

Nos han atacado, al amanecer oímos silbar balas y nos han diezmado, no queda nadie que yo conozca y no me fio de nadie, estamos registrando a los muertos, algunos de esos cabrones tenían escondida agua y algo de comida.

He visto comer a uno de los nuestros, estaba escondido detrás de una pared, voy a seguirlo y a esperar que se duerma para matarlo y robarle la comida, suena atroz pero no quiero morir aquí, este no es mi país, que les jodan a todos. Quiero volver a casa.

Lucy, mi nombre es Harold. No nos conocemos, pero él que intentó matarme tenía esta carta encima. Siento decirte que está muerto, no sé si era tu esposo o tu hermano, pero tuve que hacerlo. No estoy orgulloso pero estoy vivo. Si no te importa te seguiré escribiendo, necesito que la gente sepa las atrocidades que estamos haciendo, no hace falta que me contestes o que leas las cartas que te mande, tan solo necesito hacer esto.
Se despide Harold Doe.


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ANTES DEL INICIO

(Primera parte del relato «El Inicio», incluido en «40 Cuentos Incompletos»)

El restaurante era tranquilo y acogedor.
Solía comer solo, pensando en mis cosas y preparando los reportajes del periódico. Escogí este sitio porque era tranquilo, aun a pesar de estar casi siempre lleno. Llevaba los suficientes días seguidos yendo como para que me conocieran, casi dos meses seguidos todos los días. Ya tenía hasta mi propia mesa y me sabía el nombre de la gente que trabaja allí, Sandra, Lucas y Marcos. Cuesta creer que solo tres personas llevaran un restaurante que hace tanto dinero y muy buena comida.
Sé que era martes porque estaba comiendo macarrones con queso y esperando un bistec con patatas. Mientras revisaba unos documentos sobre un anciano que conocía ciertos secretos de la ciudad. Oí una pequeña discusión, parecía una pareja aunque la verdad es que me daba igual. Cuando llegó el segundo plato y me giré para pedirle la sal a Sandra vi que la pareja seguía discutiendo. A nadie parecía importarle y me dio la sensación que iban a llegar a las manos. El chico parecía muy irascible y enfadado, un chaval normal y joven, de unos veinticinco años. La chica parecía asustada, muy asustada, también era joven un poco más joven que el chico. Me quede embobado mirando y escuchando las salvajadas que decía el chico, quería levantarme pero una parte de mi tenía miedo y eso que el chico no tenía un cuerpo musculado ni parecía violento, tan solo sería el calentón del momento. Empuje la silla un poco para intentar levantarme y el chico me miró, me quede congelado. No me había fijado en sus ojos, no eran normales, no tenían pupilas tan solo la esfera ocular y de un color naranja intenso. Sonrió y volvió a mirar a la chica, le agarró con la mano derecha de la cara y la levantó en el aire, nadie hizo nada. La gente parecía congelada, y yo no podía hacer nada, tan solo mirar la situación. Cuando la chica estuvo en el aire le agarró la pierna izquierda con su mano izquierda. Centre mi atención en sus antebrazos y vi como algo se movía por dentro, la piel se abultaba y se estiraba hasta que se desagarró y salieron cuatro brazos, dos del antebrazo derecho y dos del izquierdo. Los nuevos brazos manchados de sangre eran tan largos como los del chico hasta la altura del hombro, la sangre cayó al suelo y en vez de manchar simplemente desapareció y las terribles heridas se cerraron. Las nuevas manos agarraron a la chica, las derechas el cuello y la cabeza y las izquierdas el muslo y el tobillo. La presión que ejercían sobre el cuerpo de la chica era increíble, se hundían dentro de la carne y aplastaban todo lo que tocaban. El joven volvió a mirarme y se giró para que viera la espalda de la chica. Los músculos de los seis brazos se tensaron y empezó a hacer fuerza, con los brazos derechos tiró hacia arriba para separar la cabeza del cuerpo y con los izquierdos hacia abajo, para separar la pierna del cuerpo. El joven estiró y el pequeño cuerpo de la chica estalló. La sangre de la joven lo salpicó todo, se quedó con la cabeza de la chica de la que colgaba la columna vertebral y con la pierna izquierda, el resto del cuerpo cayó al suelo. Yo me estremecí, estaba asustado pero no podía dejar de mirar, el poder del chico, yo quería ese poder, ni siquiera había pestañeado cuando destrozó a la chica. Ahora el monstruo se acercó a mí, no sabía si iba a morir, según caminaba los brazos se le cayeron y solo se quedó con los dos normales, pero los brazos que «soltó» desaparecieron antes de llegar al suelo, los vi envejecer y convertirse en polvo.
—Busca al viejo Soul y él te dará el poder que has visto. —La voz del joven sonaba preciosa como una canción clásica, un réquiem.
Pestañee y vi que el restaurante era normal y Sandra me traía la sal con una sonrisa. Se agachó y me dijo al oído:
—Mike, el viejo Soul te sigue esperando.


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MI YO Y MI TÚ

—Siempre fui un ser quebradizo, la verdad es que mi normalidad se basaba en ser como yo creía que era ser normal, sin complejos ni ataduras.
—Tú siempre has sido normal.
—No estoy seguro, muchos me miraban y aún me miran como si no lo fuera.
—Que no te importe su opinión.
La conversación de estos seres invisibles continuó durante días. Fue una lucha sobre algo que no debería debatirse y debatían aun diciendo lo mismo y pensando igual. Pero eso es lo divertido de la mitad de las discusiones personales, el acabar dándose cuenta que se está diciendo lo mismo, esbozar una sonrisa, darse unas palmadas en la espalda y mirarse poniendo esa mirada de «ya nos vale, teníamos que habernos escuchado».
Los seres invisibles hicieron eso pero siguieron hablando, no les satisfacía la resolución final, sabían que la normalidad es un punto de vista que ellos consideraban obsoleto, que todo el mundo tenía sus cosas y el tildar y señalar a la gente es mucho más fácil que comprender y si hablamos de ayudar nos quedamos con palabras mudas.
—El otro día me ayudaron, pero sin mirarme a la cara.
—¿Eso es posible?
—Sí, fue muy triste, yo podía hacerlo solo, aunque tardase más tiempo, no necesito que estén pendientes a todas horas de mí. Pero el gesto fue feo, me dolió más que evitase mirarme que el hecho que tuviera que ayudarme.
—¿Le dijiste algo?
—¿Qué podía decirle? Simplemente esperé a que acabara, le di las gracias y vi como se marchó. Lo que no me gustó es que se sentía bien, quiero decir, no se ha atrevido a mirarme a la cara, mientras me ayudaba no hablaba y aun así se fue sintiéndose satisfecho.
—No es justo, pero ya sabes. «Te ayudó» y es lo que cuenta, en esas estamos.
—Pero tiene que ayudarme a sentirme bien, no a coger una cosa que yo no alcanzo.
La habitación se iluminó por zonas, unas de color naranja solar y las otras de frio azul bombilla. La luz rebotó en las paredes y despertó a uno de los conversadores invisibles, se estiró mientras bostezaba sonoramente, miró por la ventanita hasta que la luz le hizo daño en los ojos, se puso las zapatillas y salió al baño, de allí a la cocina donde le esperaba una figura femenina con una sonrisa cansada y arrugada. Le dio un beso en la frente y le acercó un tazón con leche chocolatada a una mesita que estaba casi en la mitad de la cocina. El conversador se sentó sin decir nada y sonrió cuando la mujer le dio un paquete de galletas. Cuando acabó con el desayuno tenía la bañera lista. Tras varias horas de prepararse y vestirse, estaba listo para ir a dar un paseo matinal. Su favorito.
Al pisar la calle y sentir el frio le dio la mano a la mujer, sintió las arrugas de la palma que mostraban el cansancio de una vida dura y sin facilidades. El segundo conversador invisible se presentó de sopetón, como solía hacer siempre.
—La quieres mucho, ¿verdad?
—Sí, siempre me sonríe.
—¿Y el otro?
—¡Del otro no hablamos!
—Perdona. Todo sería fabuloso si todo el mundo fuese como ella.
—Sí, sería lo mejor. No le importa estar conmigo, ella entiende mi normalidad y yo entiendo la suya, eso es como debería ser.
—Pues sí, no entiendo a los demás. Se esconden tras un muro ficticio de falsa pena o algo así, somos como ellos, ni mejores ni peores.
—Tan solo iguales.
El paseo de la mujer con los dos conversadores invisibles llegó hasta un parque, aun con el frio que hacía había gente sentada en los bancos, ningún niño y una media de edad muy alta, pero así era mejor. La gente mayor es más respetuosa y cariñosa con los conversadores invisibles. La mujer soltó la mano y le señaló los columpios, hacía poco que el conversador menos invisible había aprendido a columpiarse y la sensación de volar le encantaba. Sentía el viento y el frio le sonrojaba las mejillas, pero quería ir más rápido y más alto. Sonreía, sonreía y se reía. Arriba del todo del péndulo que hacía no le importaba nada, era libre allí arriba, su risa se oía en todo el parque, su madre le miraba orgullosa y con los ojos acuosos, el resto de los mayores le miraban y le apoyaban, le instaban a ir más alto y con más fuerza. El seguía riendo y disfrutando, el viento y el frio desaparecieron, para él tan solo existía el pendular, dejó caer la cabeza hacia atrás para mirar el cielo, esa sensación de ver como se movía el cielo era mágica, el color azul llenaba toda su visión. Disfrutaba sin complejos como lo hacen los niños, aunque tuviera un cuerpo adulto. Cuando bajó del columpio fue donde su madre y le contó lo alto que había subido, que había tocado una nube y que eran como algodón. Que el próximo día le iba a coger una para regalársela. Se despidió de sus amigos jubilados, agarró la mano de su madre con fuerza y volvió a su mente.
—¿Sabes que las nubes no se pueden coger?
—Claro que lo sé, pero eso a ella le hace feliz.
—Ella lo es todo para nosotros.
—Ella nos quiere por ser normales a nuestra manera.
—No, ella nos quiere por ser como los demás.
—Como los demás, tienes razón.
El camino de vuelta a casa fue tranquilo, entró a comprar el pan y una bolsa de bollos de leche para merendar. En todo el camino no dejo de sonreír, nadie le quitaría nunca la felicidad de haber tocado una nube.


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EN LA CAMA

Al despertarse se quedó tumbado, mirando como la luz entraba tímidamente a través de la persiana. El ventanal que tenía delante le permitía ver una gran parte de la ciudad y eso le desanimaba cada mañana.
Se sentó en la cama sin quitarse la sabana de encima, haciendo que esta cayera hasta su ombligo y comenzó a llorar de una manera silenciosa. Ya era el tercer día que le pasaba y lloraba sin motivo y sin tristeza. Las lágrimas caían contra la sabana manchando y dibujando extrañas figuras, cada gota parecía tener vida propia ya que nunca caían dos en el mismo sitio, el chico se limpió un poco los ojos para que las lágrimas le permitiesen ver la poca luz que entraba.
«Tu llanto es muestra de tu soledad, tu soledad es muestra de tu amargura y tu amargura es muestra de tu odio. Tanto tiempo haciendo favores, tanto tiempo preocupado por amigos que no saben ni cuando es tu cumpleaños, tanto tiempo sin recibir llamadas de apoyo. Lo más triste es que crees que algo cambiara, lo más triste es que aún con todo sigues confiando en esa gente a la que no le importas, lo más triste es que necesitas a esa gente para seguir adelante. Muchas veces lo has pensado pero ninguna lo has intentado, ese gran cambio con el que sueñas, ese cambio que costaría dinero a los que dejarías atrás y ese cambio en el que serías importante por unas horas y de una manera frívola e incluso desconsiderada.»
«Tan solo tienes que aguantar», esas palabras que cada gota lleva tatuada y que al caer en la sabana las letras salpican al joven. Palabras vacías, vacuas que chocan con un recipiente vacío sin esperanza.

«¿AGUANTAR PARA QUÉ?»

Voces que chocan en unas paredes muertas y blancas, a las que la luz que entra por la ventana teme tocar. Paredes que conforman una habitación vacía y triste que el joven hizo suya hace unos años. Paredes que tan solo han visto a ese joven triste y preocupado. Paredes que han sido testigos del cambio silencioso y no provocado del interior del joven.
«Si pudiera escapar de hoy, si pudiera estar lejos, si pudiera… No tendría que odiarlos. Podría vivir hipócritamente y feliz como hacen ellos. Podría usarlos como se usan entre ellos y me usan a mí. Podría...»
Muchas veces el joven deambula por la habitación pensativo y cabizbajo, pensamientos que no llegan a buen puerto, pensamientos oscuros que de manera cobarde se convierten en falso positivismo e ilusión en un cambio inexistente e imposible. Otras muchas veces el joven mira en su interior para buscar una respuesta, porque debe haber una respuesta, y lo único que ve es un desierto, arena caliente y desolación, pero no es un mal lugar. Allí nadie le molestaría, allí nadie le pediría favores que jamás serán devueltos y si olvidados. Allí estaría él.
El llanto termina y el joven se levanta, la ducha ayuda a despejar la cabeza y eliminar el agua salada. Un desayuno pobre carga las pilas a la mitad, una ropa normal ayuda a formar una imagen simple de una persona que jamás sabrá lo extraordinaria que puede llegar a ser y una sonrisa triste ayuda a seguir con la farsa.


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LOS PARPADOS

Desde la oscuridad surgió un rostro deformado por el horror.
El joven abrió los ojos y levantó medio cuerpo, buscó la lamparita de su mesilla. Respiraba por la boca con dificultad mientras mantenía los ojos completamente abiertos. Se secó la frente con la piel de su brazo y se relajó, parpadeó pesadamente y en el milisegundo de oscuridad creyó ver algo. Se tumbó en la cama tranquilamente dejando la luz encendida. En cada parpadeo veía siempre el mismo punto, cerró los ojos y se los apretó con dos dedos de la mano derecha. Mientras permanecía en esa oscuridad voluntaria veía el punto que parecía acercarse. Decidió mantener los parpados bajados y el punto creció convirtiéndose en una deformidad, un rostro con las cuencas vacías, sangrantes y una mueca de horror en su boca torcida. El joven mantuvo los ojos cerrados hasta que casi pudo notar el aliento pútrido del horror que iba hacía él. Abrió los ojos y la luz de la lamparita le hizo daño obligándole a volver a cerrarlos, el monstruo continuaba acercándose. Se levantó de la cama y cada parpadeo era un milisegundo de terror. Intentó mantener los ojos lo más abiertos posible y aguantar sus parpados, convertidos ahora en telones del horror, subidos. Pero el cuerpo tiene unas necesidades y actos reflejos, los parpados cayeron a cámara lenta y a medida que la oscuridad dominaba su visión, la aberración hacía acto de presencia ante el joven ya desesperado. Cada visión le hacía retroceder un paso, creyendo que así no le alcanzaría y podría escapar, pero el rostro terrorífico seguía creciendo. Volvió a mantener los ojos abiertos y mientras evitaba cerrarlos fue a la cocina a echarse agua en sus ojos, si los mantenía húmedos no necesitaría parpadear. Cuando el joven se creía victorioso el exceso de agua externa en sus ojos le molestó e involuntariamente los cerró y la aparición extendió un brazo surgido de la nada para agarrar al joven que retrocedió y se resbaló con el agua cayendo al suelo. Volvió a abrir los ojos y regresó a la calma de la cocina iluminada. Más furioso que asustado el joven se levantó y abrió el cajón de los cubiertos, buscó un cuchillo y sin pensarlo agarró su parpado izquierdo, tiró de él para separarlo del ojo, clavó la punta del cuchillo y cortó. La fina piel del parpado no opuso resistencia y la sangre manchó su ojo. Agarró ahora su parpado derecho y repitió. La sangre cubrió sus dos ojos envolviéndole en una oscuridad roja en la que una figura horrorosa avanzaba hacia él, el joven blandió el cuchillo mientras gritaba y sus ojos se secaban, parecían pudrirse lentamente y en una agonía atroz la oscuridad se tragó todo su mundo y convirtió sus gritos desgarradores en su última canción.


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EL PERRO DE ELISABETH

El castillo parecía brillar con la luz de la luna.
Estaba colocado en lo alto de un pequeño monte, con un camino de tierra que llevaba directo al pueblo en una caminata de diez minutos. La joven Elisabeth no había salido jamás del castillo, su padre no se lo permitía y ella pasaba las horas muertas mirando por la ventana. Los días que subía el chico del reparto ella clavaba sus ojos en él, puesto que era la única persona de fuera del castillo que conocía. Era un joven normal, no muy guapo pero si servicial y educado, por eso el padre de Elisabeth le dejaba acceder hasta el patio del castillo. El chico, de nombre Thomas, se levantaba casi un metro setenta del suelo, de cuerpo delgado, espalda curva y pelo negro revuelto. La cara es normal sin rasgos característicos, con ojos pequeños y marrones, la mirada casi siempre perdida mirando hacia el suelo. Tenía unos diecisiete años mal llevados, ya que desde los seis llevaba trabajando con su padre en el comercio y al ser joven era el que cargaba todos los sacos y movía las cosas más pesadas.
A Elisabeth ver a ese esperpento de joven le llenaba el cuerpo de calor, dentro del palacio el único hombre que había era su padre, las otras dos personas eran mujeres, la cocinera y la ama de llaves. Además de la mascota de Elisabeth, un demonio menor con forma de perro. Casi tan alto como la joven, de un color rojo fuego, con ojos negros y colmillos mal distribuidos por su enorme boca. La joven de dorada melena, cara de porcelana con ojos azules profundos, porte regio y ropa elegante, siempre estaba acompañada del cánido infernal, jugaba con él, le contaba sus penas y escuchaba los consejos que salían de la horrorosa boca del demonio menor. Esta relación fue un pacto que hizo el padre con el Demonio Salezeth, el demonio de la perpetuidad, para que su hija no sufriera los estragos del tiempo. El padre también cambio su alma por un guardián para su hija. Esto fue hace ya treinta años y la joven seguía con el rostro de los dieciséis y con los problemas que conlleva tener un cuerpo de doce años con una mente madura y la añoranza y necesidad del calor ajeno. Tal era su necesidad que durante varios meses y mientras miraba a Thomas por la ventana se le ocurrió un plan para que el joven subiera a su habitación. Se dio cuenta que cuando su padre pagaba al joven enseguida se metía en el castillo dejándolo solo en el patio durante unos minutos, en esos minutos podría convencerlo para que trepara por las enredaderas de la pared y llegara hasta su ventana que ella abriría para poder gozar de los placeres carnales que tanto ansiaba. Se decidió a hacerlo, los nervios de la noche anterior no le dejaron dormir y su fiel guardián tan solo la miraba en silencio y moviendo la cabeza de forma indiferente.
La joven se colocó en la ventana, ya abierta, y mirando hacia el patio esperando ver al joven. Cuando Thomas apareció Elisabeth se alegró sobremanera y miraba expectante que acábese los negocios con su padre. Cuando acabó y el joven se disponía a marcharse Elisabeth le llamó, primero en un hilillo de voz y después casi a voces, el joven miraba asustado en todas direcciones hasta que vio la cara angelical de Elisabeth en la ventana haciendo gestos para que subiera por la enredadera. Al principio dudó pero las hormonas de joven virginal le dieron un empujón a la entrepierna que siguió todo el cuerpo, en menos de dos minutos Thomas ya estaba en la habitación de la chica, creyendo vivir un sueño. Esa sensación se tornó oscura cuando el guardián se abalanzó sobre él y mientras el perro demoníaco destrozaba huesos, músculos y esperanzas de perder la virginidad, Elisabeth miraba sonriendo dejando que la sangre salpicase su pálido rostro, su pelo y sus ropas. Los gritos desgarradores del joven no asustaban a nadie en el castillo y en el pueblo se disponían a preparar a otro Thomas.


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LA NAVAJA

Los hilos de luz naranja creaban líneas en el cuerpo desnudo de la chica.
Estaba tumbada boca abajo, con la cara apoyada en la almohada y sus brazos por debajo de esta. La ventana estaba abierta con la persiana bajada y entraba un aire cálido y cariñoso. Abrazaba el cuerpo de la joven durmiente por cada rincón y poro de su cuerpo.
Por la puerta entró otra chica desnuda con una leve sonrisa, mostrando unos dientes blancos con unos colmillos puntiagudos y preciosos. Se sentó en la cama y besó a la chica tumbada en la curva final de la espalda. La dormida se movió un poco por el escalofrió y giró la cara hacia la chica sentada. Abrió un solo ojo y sonrió con inocencia, la chica sentada le acarició con su mano izquierda por todo el cuerpo de forma aleatoria, saltando de las piernas a los hombros, el trasero y el cuello. La chica tumbada se dejaba hacer sin oponer resistencia, volvió a cerrar el ojo, pero no dejo de sonreír.
La chica sentada recogió el pelo de su compañera y le hizo una pequeña coleta morena que puso en el lado derecho del cuello, bajó la cabeza y le besó en el lado izquierdo. La chica tumbada volvió a despertarse, las dos se miraron a los ojos. Los ojos verde brillante chocaron con los ojos azul cobalto, las dos caras se fundieron en un beso apasionado. La chica que estaba sentada levantó su mano derecha y un brillo metalizado inundó la habitación.
El filo de la navaja era perfecto, sin muescas ni sangre, como si fuese nuevo. El mango de madera dejaba ver que se trataba de una navaja antigua pero muy bien cuidada, tenía grabadas las letras «L.I.T.H.». La chica de los ojos verdes bajó muy despacio su mano derecha mientras besaba a la chica tumbada, se dirigió de una manera segura y directa al fondo de la entrepierna. El filo rozó el medio de los labios verticales y la chica tumbada dejó escapar un gemido mientras besaba más fuerte a su amante. La navaja subió por el camino marcado entre las dos nalgas y muy despacio por la mitad de la espalda. La chica tumbada gemía orgásmicamente mientras besaba de manera muy violenta, llegando a morder los labios de la chica sentada. La saliva cubría la boca de las dos chicas mientras la navaja llegaba hasta el cuello, la chica tumbada se dio la vuelta con mucha calma mientras la navaja permanecía quieta en un punto de su anatomía. El hilo rojo llegó desde la nuca hasta la garganta y subió hacia la boca marcando la barbilla. El filo rojizo se introdujo en la boca cortando el labio horizontal inferior. La lengua comenzó a jugar con el filo, saboreándolo por cada centímetro. Hacia arriba y hacia abajo en movimientos sensuales y sangrantes. Los ojos verdes miraban con deseo el movimiento de la lengua mientras su mano izquierda desaparecía y aparecía cerca de su feminidad y abría la boca en pequeños y deliciosos espasmos.
La navaja salió de la boca, empapada y rosácea, continuó su andadura hacia los ojos azules que permanecían abiertos y miraban al infinito verde que tenían encima. El filo marcó varios círculos en uno de los ojos hasta desaparecer dentro de él y crear un torrente rojo que fluyó a unirse al rio que salía de la boca.
La banda sonora compuesta por gemidos y sonidos líquidos cesó cuando la navaja se cerró, impoluta y con su color original, de una manera pura y casi virginal.


11 comentarios:

  1. Tu relato es realmente duro, pero se puede entender la reacción del protagonista que ni siquiera él mismo puede controlar. Realmente el daño sufrido tuvo que ser muy grave dado que se siente feliz por acabar con la persona que se lo ha infligido y no le importan las consecuencias de su acción.
    Muy bueno, me ha gustado mucho!
    Por cierto, sólo veo ese sitio para hacer comentarios...supongo que será aquí ya que en el mismo relato no veo lugar. Este formato no lo conozco demasiado bien.
    Bienvenido a grupo y espero leerte más veces.
    un beso

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    1. Gracias por tu comentario.
      Esa es la idea, que cada uno saque el pasado de la historia y de los personajes.
      Un saludo y por supuesto que partipare más a menudo

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  2. Dudo mucho que se pueda tener la esperanza de una felicidad venidera, cuando en la soledad de la celda tendrá mucho tiempo para acordarse de que su descontrol, le había llevado a cercenar una vida.
    Un abrazo.

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    1. Buen punto de vista, pero ya sabes que las venganzas siempre acaban igual aunque te dejen descansado durante un corto periodo de tiempo.
      Un saludo y gracias por comentar.

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  3. Un relato muy fuerte. Una pena que haya que llegar a esos extremos por la cobardía de la pareja que solo es feliz humillando al que dicen que quieren, cuando en realidad solo se quieren así mismos.
    Un saludo

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    1. El egoísmo, para mi, es un de los principales problemas de todos los humanos y mucho más cuando se oculta tras un falso amor o compañerismo.
      Un saludo y gracias por comentar.

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  4. Lo que puede el tiempo vivido a causa de la humillación y el maltrato. Qué extraño puede ser el impulso de liberación y el sentimiento que despierta...
    Sin dudas tu relato es impecable, más allá de la dureza que puede contener, pero no deja de plantear una realidad. Esa felicidad puede ser incomprendida por muchos de nosotros, pero es su alivio, y eso, solo una persona tan sufrida puede llegar a entenderlo. Seguro que sí.
    Un gusto leerte!
    Besos!
    Gaby*

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    1. Muchas gracias por tus palabras!!
      Todos tenemos un limite y explotamos de mil maneras incontrolables y más bajo presión acumulando odio y rabia.
      Un saludo y gracias por comentar.

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  5. Me imagino la escena (porque está narrada con crudeza y realismo) y veo la felicidad por una decisión inimaginable, un logro que sentencia y equilibra, aunque se lleve ventaja. La felicidad desde la extenuación.
    Bienvenido y gracias por participar.

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    1. Muchas gracias por tus palabras.
      Espero poder participar en más convocatorias.

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  6. Una relación de pareja bastante enfermiza que acabó en traición para ella y afortunadamente bien para la rubia.Has sabido llevar muy bien la convocatoria hacia tu estilo personal. Enhorabuena!

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